Niños y pantallas: cómo gestionar el uso de la tecnología

Niños y pantallas: cómo gestionar el uso de la tecnología

En una sociedad sobreexpuesta a todo tipo de gadgets, es importante fomentar su uso razonable  en niños y adolescentes

Hace pocos días nos sorprendía la noticia de la futura prohibición en Francia de teléfonos móviles en colegios e institutos. ¿Los argumentos? Según el partido del presidente de la República, Emmanuel Macron, que lleva tiempo defendiendo esta medida, su uso puede provocar “disfunciones incompatibles con la mejora del clima escolar”, “reducir la actividad física y limitar las interacciones sociales”, así como incentivar el ciberacoso, el cibersexismo, la pornografía u otros contenidos violentos. Eso sí, se ha querido dejar claro que esta prohibición no afecta al uso pedagógico de la tecnología. Esto nos ha llevado a reflexionar en el post de hoy sobre el uso de los dispositivos electrónicos en niños y adolescentes: cuáles son las causas y consecuencias de esta nueva “adicción” y cómo podemos limitar su uso y fomentar otras formas de distracción más saludables.   

Para empezar, como padres deberemos mirarnos a nosotros al espejo y ver qué estamos proyectando a nuestros hijos. ¿Qué uso hacemos nosotros de la tecnología? ¿Comemos con los móviles al lado? ¿Aprovechamos cualquier momento “libre” en casa para ver una serie en el tablet a la vista de nuestros hijos? ¿Se dan cuenta nuestros hijos que priorizamos eso a, por ejemplo, hablar con ellos o idear un juego? Las respuestas a estas preguntas nos orientarán sobre la relación que nuestros hijos pueden desarrollar con esos gadgets

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¿Qué provoca en nuestros hijos un uso abusivo de dispositivos electrónicos?

Ya sea tablets, teléfonos móviles, televisión o videojuegos, la exposición de los menores a estos gadgets se asocia a un mayor déficit de atención, a retrasos cognitivos, dificultades de aprendizaje, mayor propensión a la falta de autocontrol y a la poca tolerancia a la frustración, y a una mayor impulsividad. A medida que van creciendo, esos problemas pueden interferir en su rendimiento académico debido a dificultades de concentración o para conciliar el sueño, otra de las consecuencias de una exposición excesiva a esas pantallas. Según algunos estudios, en los casos más extremos se podrían dar problemas de conducta y trastornos mentales graves.

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A nivel afectivo se desarrolla una separación del niño o niña (o adolescente) de su entorno, familia y amigos, debido a la dependencia del dispositivo electrónico. Puede ser que les cueste más interactuar, empatizar o tener contacto físico con personas. Además, una sobreexposición a ciertos contenidos audiovisuales les puede provocar miedo, ansiedad, alienación, idealización de ciertas realidades o exponerles a violencia o a abusos más fácilmente. Asimismo, a nivel físico, el riesgo de obesidad y una mayor radiación (que podría comportar enfermedades graves) son los efectos más severos a destacar.

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Suena fatal, ¿verdad? Si bien estos son efectos posibles de su uso exagerado, todos somos conscientes que la tecnología está presente en nuestras vidas (ya sea por obligación y por gusto) y nuestro propósito no es el de criminalizar su uso ni a los padres que en ocasiones recurren a ella por “necesidad”/desesperación (quien no lo haya hecho, que tire la primera piedra). Lo que queremos poner sobre la mesa es el uso que como sociedad hacemos de ella, y cómo los niños de hoy crecen con la tecnología (¿demasiado?) incorporada. No se trata de prohibirla sin más sino de ser conscientes de su uso y de lo que implica, y de conocer alternativas (parece que hayamos olvidado que hace cuatro días los niños se divertían con otras cosas… o se aburrían, y no pasaba nada… ¡aunque este es otro tema!).

Pautas para regular su uso

Si bien los niños estarán expuestos a la tecnología, y en muchos casos puede que para bien, en muchos casos entran en contacto con ella de una forma irracional y precoz.

Hasta los seis años, se recomienda que tengan un smartphone en la mano en momentos muy puntuales por ejemplo si un adulto les enseña alguna foto, se escucha alguna música, etc., pero nunca dejaremos que el o la menor disponga del teléfono de forma autónoma y sin supervisión.

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Hasta los 14 años,  cuando probablemente lo reclamarán más, es importante marcar normas como por ejemplo que nunca se cogerá un teléfono mientras se come (alto, ¡los adultos deben predicar con el ejemplo!), cuando estamos en compañía o cuando estamos al aire libre o en la natura.

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Podemos establecer que los fines de semana podrán usar alguno de los dispositivos por un periodo de media hora o tres cuartos, por ejemplo, y priorizando la interacción con contenidos de calidad o instructivos.

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A partir de entonces, ya entrados en la adolescencia, es probable que el niño ya disponga de su propio teléfono móvil (eso es muy personal y cada familia hará lo que considere más conveniente según creencias y hábitos familiares). En todo caso será más importante que nunca supervisar el uso de los dispositivos, fomentar la vida real por encima de la online (por ejemplo proponiéndole apuntarse a alguna actividad lúdica, deportiva o manual) y establecer rutinas y normas para que sus estudios y relaciones personales y familiares no se vean afectadas por el uso de la tecnología.

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Podemos instaurar rutinas como destinar el momento de la cena a hablar de lo que adultos y pequeños hemos hecho durante el día, a contar adivinanzas, a planear el fin de semana siguiente… 

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También podemos proponerles ir a la biblioteca a coger libros que les interesen, hacer excursiones, organizar juegos o manualidades en casa. Por la noche, para relajarse, a los más pequeños podemos contarles un cuento (¡o inventarlo juntos!) y a los mayores les podemos incitar a leer.

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En caso de que hayamos establecido unos minutos de contenidos audiovisuales, podemos elegir juntos cuáles ver y priorizar aquellos educativos o que puedan enseñarles algo o hacernos reflexionar acerca de un tema que luego podemos tratar en familia. Como hemos dicho y defendemos, existen muchos contenidos interesantes y positivos; ¡busquémoslos y saquémosle partido!

Aunque la teoría es como siempre mucho más fácil que la práctica, tres son los puntos fundamentales para una mayor probabilidad de éxito: predicar con el ejemplo, dar información y mostrar confianza con nuestros hijos, y fomentar alternativas lúdicas que le atraigan y le hagan ver que su vida puede ser más divertida que aquella jugada o mirada.

Y en vuestras casas, ¿cómo gestionáis en tema pantallas? ¿Muestran interés vuestros hijos e hijas en juegos, smartphones y tablets? ¿Tenéis reglas familiares para hacer un uso razonable de ellos?

 

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